martes, 10 de septiembre de 2013

Una relación de amor y odio


Dora se fue de México esta mañana, a Nueva York, luego a París y Viena. Honestamente, estoy contento.  La primera vez que hablé con Dora, me acusó del plagio.  Aunque traje las obras completas de Chéjov al profesor para probar que no plagié las obras del escritor y dramaturgo más talentoso en la historia del mundo, negó a creerme.  ¿Sabes qué? Lo tomaré como un cumplido.  Después, “[t]enía deseos de ver [Dora] colgada en cualquiera de los árboles de por allí. . . Odié a Dora, con deseos de despellejarla en vida” (Agustín, 3).  Dora saca lo peor de mí.  Cuando ella está por aquí, estoy enfadado y violento.
Un día después del incidente, fue a la casa de Martín para una fiesta y me tropecé con Dora.  Dora, en la piscina.  Dora, en un diminuto bikini que la queda bien.  Me mostró rápidamente una sonrisa sarcástica, y me llamó “Chéjov.”  Odio a ella.  Decidimos que debimos ser amigos.  Bebimos alcohol, y bailamos al ritmo del low-jazz.  Luego, la besé.  Esa noche, y la próxima mañana, me sentía enfadado y humillado.  Pero, Dora y yo tenemos una relación muy complicada, y decidí ir con ella al drive-in.  Mientras Dora fumaba un cigarro, ella me invitó al círculo literario moderno debido a mi apreciación de la literatura.  En ese preciso momento, Dora me entendió.  Esa noche, “ya bastante mareados—y sin comprender bien lo que sucedía—adoptamos el papel de amantes. La sesión se prolongó hasta el atardecer. En aquellos momentos me sentía satisfecho y hasta contento de mí mismo. Dora fue mía. Yo no vi las circunstancias, sino el acto, que me produjo un considerable placer” (Agustín, 9).
En la mañana, le pedí que dijera la verdad al profesor de literatura.  Cuando ella se negó, me sentía humillado, y luego, furioso.  Pero la besé de todas formas.  Cuando regresé a mi casa, me sentía perplejo, incontenible.  Lloraba, y lancé un golpe que rompió el espejo.  Todavía me duele la mano.
Hasta la próxima entrada,
Chéjov

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